China ha desatado una campaña de represalias e intimidación contra Panamá, tras la decisión soberana del país centroamericano de retomar el control de sus estratégicos puertos de Cristóbal y Balboa. Esta ‘venganza’, detallada por el periodista y exembajador Arturo McFields Yescas, sirve como una cruda advertencia para naciones latinoamericanas como Brasil, Colombia y México, exponiendo la verdadera naturaleza de las relaciones de Beijing en la región.

La controversia surgió este año, cuando Panamá decidió no renovar el contrato de operación con CK Hutchinson, una empresa con sede en Hong Kong, para la gestión de sus vitales puertos. La respuesta de Beijing fue inmediata y contundente: ha intensificado las detenciones de buques con bandera panameña en sus puertos bajo el pretexto de controles de Estado rector, una medida que McFields y otros analistas interpretan como una clara acción punitiva.
Este patrón de intimidación no es nuevo. El año pasado, China ya había lanzado una advertencia directa a México cuando este país anunció la imposición de aranceles a 1,400 productos chinos, indios y turcos para proteger su industria y empleo.
‘Piensen dos veces antes de subir cualquier arancel a nuestros productos’, fue el tajante mensaje de Beijing a México el año pasado.
Arturo McFields recalca que los discursos de ‘socios complementarios y solidarios’ que el presidente chino Xi Jinping vende a Latinoamérica son una farsa. En la práctica, la política exterior china se basa en amenazas, presiones y una flagrante violación de la soberanía, una táctica ya observada en países africanos y ahora replicada con mayor ferocidad en América Latina. La situación panameña es una campanada de alerta para otras economías de la región, como Brasil, Colombia y México, a quienes China ha intentado integrar en un modelo que, en realidad, los somete a sus reglas y chantajes.
Prácticas chinas bajo escrutinio en América Latina
El modelo de influencia china se ha manifestado de diversas formas a lo largo del continente. En Ecuador, se ha implementado la ‘deuda trampa’ y la falta de supervisión en proyectos como la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair, criticada por autoritarismo y fiasco. En Perú, China busca una preeminencia y un trato especial en infraestructuras y minería, a menudo con irrespeto a la soberanía. Guatemala sufre un ‘acoso comercial brutal’ por mantener relaciones diplomáticas con Taiwán, enfrentando bloqueos y barreras. Incluso en Nicaragua, se le acusa de devastar recursos naturales y ecosistemas bajo la dictadura de Daniel Ortega.
A nivel más amplio, Beijing enfrenta serios cuestionamientos por prácticas similares a la esclavitud moderna y abusos contra los derechos humanos. Aunque el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha criticado el ‘capitalismo salvaje’, Brasil y China son ahora señalados por presuntos negocios que evocan condiciones de esclavitud moderna en sus fábricas de automóviles.
El panorama
La situación de Panamá y las crecientes acciones de soberanía en otros países latinoamericanos, como Bolivia, que puso controles a China en la explotación del zinc; Chile, que congeló un proyecto de cable submarino; Honduras, que explora reestablecer lazos con Taiwán; y Argentina y Perú, que rechazaron aviones chinos en favor de F-16 estadounidenses, marcan un punto de inflexión. El mensaje de McFields es claro: las naciones de América Latina deben proceder con cautela y discernimiento ante las ofertas de China, priorizando la soberanía y los intereses nacionales sobre las aparentes ventajas comerciales, para evitar convertirse en ‘peones geopolíticos’ de Beijing y salvaguardar su autonomía frente a un poder global cada vez más coercitivo.

