El gobierno mexicano, bajo la administración de Claudia Sheinbaum, y Petróleos Mexicanos (Pemex) mantuvieron en secreto durante 72 días un catastrófico derrame petrolero en el Golfo de México, ocultando información crucial que, según Greenpeace, representó ‘una negligencia con consecuencias’ para 48 playas y miles de toneladas de residuos. La verdad, finalmente revelada tras una investigación científica, ha llevado a la destitución de altos funcionarios y la presentación de denuncias penales.

Un silencio de más de dos meses
La cronología de este escándalo ambiental y de transparencia se remonta al 3 y 4 de febrero de 2026, cuando imágenes satelitales empezaron a registrar tenues manchas de crudo cerca de las plataformas de Abkatún. Internamente, Pemex ya tenía conocimiento, solicitando simulaciones de dispersión que evidenciaban la gravedad. A pesar de la confirmación de aceite el 6 de febrero y la detección de una fuga en un oleoducto de 36 pulgadas el 8 de febrero, la información se mantuvo hermética. La mancha de crudo creció de 18 km iniciales a 75 km lineales y casi 300 km² de superficie oceánica para el 19 de febrero, mientras el chapopote comenzaba a arribar a las costas de Tabasco, Veracruz y más tarde Tamaulipas, afectando a un total de 933 km de litoral y 96 sitios.
La narrativa oficial: el ‘buque fantasma’ y la negación presidencial
Mientras el derrame avanzaba y las comunidades costeras se enfrentaban solas a la contaminación, la versión oficial del gobierno federal intentaba deslindar a Pemex de toda responsabilidad. El 3 de marzo, Pemex emitió un reporte atribuyendo la catástrofe a un ‘vertimiento ilegal’ de un buque no identificado. Esta narrativa fue reforzada por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien el 19 de marzo negó la responsabilidad de la paraestatal, culpando a ‘un barco particular’. La cuenta oficial ‘Infodemia’ incluso calificó de ‘falso’ cualquier señalamiento hacia Pemex. Manuel Llano Vázquez Prada, fundador de CartoCrítica, no dudó en calificar al supuesto buque de «fantasma», evidenciando la falta de pruebas. El Grupo Interinstitucional, en una conferencia el 26 de marzo, mantuvo la versión de ‘chapopoteras naturales’ y el ‘buque fantasma’, llegando al extremo de que Semarnat declarara formalmente que «se descarta un daño ambiental severo».
Greenpeace señaló que el ocultamiento del derrame representó ‘una negligencia con consecuencias’, ya que las comunidades costeras no fueron alertadas ni preparadas para el arribo del hidrocarburo, mientras el derrame avanzaba hacia playas, manglares, arrecifes y zonas de pesca.
La verdad emerge y las consecuencias
A pesar de los esfuerzos por encubrir la situación, la realidad se impuso. El 3 de abril, un grupo científico independiente, convocado por instrucción presidencial, entregó sus conclusiones, confirmando lo que ya se sospechaba: el derrame masivo se originó en las plataformas Abkatún-Cantarell de Pemex. La evidencia satelital fue irrefutable. Ante esto, el director de Pemex exigió las bitácoras de los barcos de reparación, revelando que tres funcionarios ocultaron deliberadamente la información sobre la pérdida de integridad y la reparación del oleoducto, así como la recuperación de cientos de metros cúbicos de agua oleosa y el uso de 11 barcos para contener el evento, desmintiendo que se tratara de un «simple lagrimeo».
Como resultado de estas investigaciones internas y científicas, el 16 de abril Pemex y el Gobierno de México admitieron finalmente su responsabilidad. Tres altos funcionarios de Pemex —el subdirector de Seguridad, Salud en el Trabajo y Protección Ambiental; el coordinador de Control Marino, Derrames y Residuos; y el líder de Derrames y Residuos— fueron destituidos, y se presentaron denuncias penales ante la FGR. Mientras tanto, se dispersó un apoyo económico de 15 mil pesos a 3,379 pescadores de Tabasco y Veracruz afectados por la paralización de sus actividades, quienes tuvieron que limpiar el chapopote sin capacitación ni equipo adecuado.
El panorama
La creación del Observatorio Permanente del Golfo de México para el monitoreo ambiental es un paso adelante, pero el impacto del derrame, con 915 toneladas de residuos recolectados y ecosistemas vulnerables afectados, subraya la urgente necesidad de mayor transparencia y responsabilidad en la industria petrolera. Este episodio deja una cicatriz profunda en la confianza pública y en el medio ambiente mexicano, exigiendo una vigilancia constante para evitar futuras catástrofes silenciadas.

